Espejo Negro: Striking Vipers

Street Fighter en realidad virtual… pero no para pelearse…

Por una vez no se ha producido una de esas casualidades en las que el episodio del Espejo Negro que me toca ver tiene relación con un tema de candente actualidad del propio día o semana. De ser así, hoy tendría que haber coincidido con Waldo, el capítulo sobre aquellas elecciones llenas de populismo y feos improperios. Menos mal, porque así me evito hacer chistes sobre algo que estas semanas ha tenido más bien poca gracia. Hoy la cosa va de algo totalmente distinto. Y ojo que lo voy a contar CON ALGÚN QUE OTRO SPOILER.

Sobre videojuegos, sobre realidad virtual, y sobre la fusión de ambas tecnologías, ya hemos reseñado por aquí algún que otro episodio de Black Mirror, e incluso antes hablamos de la peli de Spielberg Ready Player One. Por lo tanto, técnicamente hoy no vamos a desarrollar mucho más al respecto, pero sí vamos a poder comentar otro punto de vista de lo mismo en cuanto a sus implicaciones en la vida real, en este caso sobre las relaciones humanas.

En este primer capítulo de la última temporada del Espejo Negro, dos amigos juegan vía online con la versión futurista (aunque cada vez menos) de un juego obviamente inspirado en el clásico de bares y salones recreativos de los 80 y 90, Street Fighter. Tan futurista que se basa en una realidad virtual hiperrealista, donde se siente todo como si se estuvieran zurrando de verdad… Y de repente resulta que esas sensaciones tan vívidas les lleva a verle otro uso más entretenido al jueguecito… Digamos que pasan de jugar al Street Fighter a jugar al Street Fucker.

En esta evolución tan sofisticada de lo que en la actualidad ya existe y se conoce como “sexting”, la adopción de roles virtuales o avatares otorga a los protagonistas una capacidad de desinhibición total: Con la misma facilidad con la que siendo amigos se están sin embargo zumbando, son capaces también, sin ningún tapujo, de… zumbarse, también (en el otro sentido). Como los avatares también incluyen el poder elegir un sexo diferente al propio, queda en el aire la cuestión acerca de si se deben considerar o no relaciones homosexuales, o incluso de si tales etiquetas tienen algún tipo de relevancia. Algo que, por cierto, también ocurría con algún personaje de Ready Player One.

fight

Esto convierte al episodio en una nueva reflexión sobre cómo la tecnología tal vez podría llegar a revelar aspectos de la personalidad de otro modo desconocidos. Al mismo tiempo, vuelve a diluir la línea de separación entre lo real y lo virtual, despojándola de la idea tal vez simplista de considerar que lo real es lo físico, sin considerar que aquello que pensamos, imaginamos o percibimos también son aspectos que, al menos en el plano mental, son reales, están realmente en nuestro cerebro.

Por otro lado, Striking Vipers  trae a colación otro tema ya comentado en otros episodios de Black Mirror: Con la tecnología actual, los hiperestímulos físicos y de atracción se potencian mucho más que antes, y eso también puede provocar a la larga cambios en nuestra concepción de la sociedad y las relaciones humanas, para bien y/o para mal. Al respecto, creo oportuno volver a traer aquí lo que dije en la reseña del capítulo 15 millones de méritos: “La tecnología del siglo XXI es básicamente pornográfica: Virtual, hiperestimulante, fácilmente accesible, adictiva, idealizada, exagerada, artificial, falsa, y, sobre todo, una representación del “a ver quién la tiene más grande” al que juegan los gigantes de Silicon Valley y demás para que luego lo imitemos nosotros”. El matiz en este episodio es que habría que eliminar el adjetivo de ”falsa” y cambiarlo por “real como la vida misma”, y eso no es moco de pavo.

Por lo tanto, este episodio aborda un tema interesante en cuanto a materia de reflexión. Pero lo cierto es que viéndolo a mí me da la sensación de que no lo aprovecharon todo lo posible para crear una historia de las más memorables de Black Mirror, ni mucho menos, cuando efectivamente podría haber llegado a serlo, potencialmente. Es razonablemente curioso y entretenido, es graciosa y molona la escena de la primera pelea virtual (bueno, primera y única, porque las demás ya no son peleas, sino que van a lo que van…), y la narrativa es coherente y se sigue con cierto interés, pero hay bastantes tramos algo sosetes, en los que aparece por momentos el conocido síndrome de los diálogos vacíos o tontunos de los episodios flojos de la serie, y sobre todo no hay prácticamente ningún momento en el que, al menos a mí, me llegue a producir algún tipo de intensidad anímica. Aceptable pero poco más.

 

Nota del Pulpo: 6 / 10.