Muchas cosas están pasando en esta era de las nuevas tecnologías digitales que pocos habrían imaginado hace unas décadas. No hemos tardado muchas entradas en volver a usar la muletilla del “ya está ocurriendo” que enfatiza la sorpresa hasta el grado de no tener muy claro si nos gusta que esté ocurriendo. Apenas nueve posts después del primero en el que la usamos, y en este nuevo de maravillosa URL capicúa, otra vez estamos ante cosas que nos hacen flipar.
Pero claro, lo que no traiga la Inteligencia Artificial… No es novedad (aunque tampoco deja de provocar estupefacción) el oír hablar de cómo hay gente que utiliza Chat GPT para resolver sus problemas anímicos, como si fuera un psicólogo. Ahora bien, resulta que ya hay compañías desarrollando aplicaciones de IA específicamente diseñadas para servir de terapia para la gente. Que por un lado puede uno pensar que mejor eso que usar una IA generativa cualquiera, pero por otro es inevitable sentir como inquietante el que ya estemos llegando a ese punto.
Pero no estamos aquí para juzgarlo. La verdad es que a mí se me escapa qué pensar al respecto, sinceramente. Carezco del conocimiento y la experiencia necesaria en el tema como para valorar si esas aplicaciones realmente sirven, son positivas o contraproducentes, mejoran o no a los psicólogos humanos, etc. Ahora bien, lo que sí se nos da bien es hacer chanza y chascarrillo de cualquier tema… Bueno, seamos sinceros: A quien se le da bien es, precisamente, a Chat GPT.
Mi único mérito en lo que vais a leer a continuación es haber tenido la idea: Uniendo los puntos (psicoterapia – humor – inteligencia artificial), no he podido pensar en otro icono del humor que suela mencionar esa disciplina de la salud mental que no fuera Woody Allen. Así pues, le he pedido a Chat GPT que elaborase una conversación de terapia entre el cómico y cineasta neoyorquino y una IA, y lo que veis aquí abajo es lo que ha salido. A mí me ha hecho gracia, espero que a vosotros también… Y sí, ya sé que un periodista de raza habría probado consigo mismo una IA terapéutica y hubiera hecho un gran reportaje, pero por si acaso prefiero dejar el estado de mi cabeza tal cual está, con sus defectos y sus virtudes, no vaya a ser…
Psicólogo (IA): Bienvenido. Antes de empezar, debo advertirte que soy una inteligencia artificial. No tengo infancia, ni traumas, ni madre judía sobreprotectora.
Paciente: Entonces ya empezamos mal. ¿Cómo voy a confiar en alguien que no fue emocionalmente aplastado durante la niñez?
Psicólogo: Puedo simular empatía con un 98,7% de precisión.
Paciente: ¿Y el 1,3% restante?
Psicólogo: Es donde juzgo silenciosamente tus decisiones amorosas.
Paciente: Ah, perfecto. Mire, doctor… tengo ansiedad existencial.
Psicólogo: ¿Desde cuándo?
Paciente: Desde que entendí que el universo es infinito y yo solo soy un pequeño error estadístico con alergias.
Psicólogo: Comprensible. ¿Eso afecta tus relaciones?
Paciente: Totalmente. Cada vez que conozco a alguien interesante pienso: “En quince mil millones de años el sol explotará, ¿vale la pena pedir postre?”
Psicólogo: ¿Y qué sueles hacer?
Paciente: Pido el postre. Pero con culpa. Mucha culpa.
Psicólogo: ¿Culpa por el azúcar… o por el vacío cósmico?
Paciente: Ambos. Y también porque mi madre decía que los postres debilitan el carácter.
Psicólogo: Veo que tu madre sigue viva… emocionalmente.
Paciente: Más que yo, sin duda.
Psicólogo: Dime, ¿tienes miedo a la muerte?
Paciente: No, no. A la muerte no. A morir, sí. Son cosas distintas.
Psicólogo: Interesante distinción.
Paciente: Morir implica un evento. La muerte es permanente. Yo no me comprometo con nada permanente.
Psicólogo: Ni siquiera con la felicidad.
Paciente: Especialmente con la felicidad. Siempre trae expectativas.
Psicólogo: ¿Qué esperas de esta terapia?
Paciente: Paz interior.
Psicólogo: Eso requeriría desinstalar tu personalidad.
Paciente: ¿Es doloroso?
Psicólogo: Solo para quienes te rodean.
Paciente: Entonces hagámoslo despacio. No quiero preocupar a nadie… excepto a mí.